miércoles, 19 de octubre de 2016

Relato: 30 de octubre.

Simón me ruega con la mirada,  mi vista se dirige al reloj de la pared que marcan las once con cuarenta y tres.

Aun no son ni las doce y ya hay niñatos pidiendo dulces, no han pasado por aquí, pero ya he escuchado la inhóspita voz de la señora Mercedes espantando a los niños, evitando que suban a mi piso para pedir  dulces que no tengo. Y aunque quisiera, no podría ir a dárselos.  

Escucho un sonido  y mi vista se detiene en Simón, la cinta en su boca le prohíbe ejercer palabra alguna y sus manos atadas a su espada le quitan movilidad. Luce patético; con su rostro pálido y sudoroso, manchado con sus propios desechos emanando un olor tan desagradable que me dan arcadas. Sus ojos llorosos están rogando por piedad. Como si yo fuera a dársela.

El no lo merece. El me quito todo primero. Yo pude ser grande, exitoso, más que el, mucho más.

Otro gruñido sale de su cuerpo, no ha comido ni bebido nada en tres días, por lo que se y si mis cálculos son correctos, esta debería ser su última noche. Morir por hambre y deshidratación es lo menos que se merece, incluso, para ayudarlo, tome un cuchillo que había dejado cerca para hacerle un corte en sus muñecas, prometiéndole que esta ya sería su última noche.  Me sentí caritativo por ello.

Que irónico, un monstruo moriría en noche de brujas.

Por primera vez en mi vida, sentí que estaba haciendo algo realmente bueno. Estaba quitando un gran estorbo a la sociedad, Simón estaba pagando por su egoísmo, por haberme convertido en lo que soy, por haber querido más y haber hecho daño para lograrlo. El no estaría ahí si no fuera por mí, si yo no hubiera estudiado, si yo no hubiera matado a personas, si yo no hubiera malditamente logrado todo lo que logre, el estaría en la miseria, donde merece.

Miro a Simón, que se encuentra ahí, al otro lado, observándome, desesperado, pero sabiendo que estoy tomando la decisión correcta. El sabe que lo odio, que lo aborrezco, que si pudiera nunca lo hubiera creado, no lo hubiera traído a este mundo.

Entonces, aparto la mirada de espejo delante de mí, y la dirijo a mis pies, que se encuentran atados al igual que mis brazos. Ya no queda fuerza para nada, sé que ya ha llegado el fin. Recuerdo las palabras que siempre solía decirme mi madre.

-          -No hay que ser un genio para saber cuándo hay que irse, no te aferres a la vida, que te aseguro, no será tan buena como la muerte. ¿Entiendes Simón?

Entiendo. Tengo miedo, pero entiendo.

Vuelvo mi vista al espejo y mis parpados comienzan a pesar. Finamente un último sollozo sale de mi garganta, siendo apagado con el sonido de los timbres de las casas y las inocentes risas resonantes de los niños pidiendo dulces. 

1 comentario:

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